Lo primero que deberíamos hacer todos los científicos es agradecer
que podemos trabajar en lo que nos gusta. Mejor o peor pagos, todos
amamos lo que hacemos. Nadie hace ciencia porque no tiene otra
alternativa. Ninguno de nosotros se levanta por la mañana refunfuñanado
porque tiene que ir al trabajo. Es cierto, hay días y días. Pero la
mayoría de las veces estamos ansiosos por llegar. Porque descubrimos
la solución al problema que nos tuvo ocupados durante días. O porque
el bendito programa de simulación ya habrá terminado de correr y
tendremos resultados. La cuestión es que pertenecemos a la pequeña
minoría que no detesta llegar al trabajo cada día.
Pensando un poco sobre el tema, se me han ocurrido una serie de
razones para que esto sea así. La primera es, claramente, una enorme
vocación por lo que hacemos. Si no fuera así, ninguno de nosotros
se habría dedicado a esto. La ciencia no es algo que uno hace como
hobby. Ni es una carrera universitaria que se elige por descarte.
No es fácil llegar a tener un título de doctor en cualquier disciplina
científica, por el tiempo y el esfuerzo que lleva. Por los sacrificios
que se deben hacer. Así es que cada uno de nosotros está convencido
de que nació para esto. O al menos que es lo que mejor le sale...
El segundo tema es la absoluta libertad de horarios que tenemos casi
todos nosotros. Quizás me equivoque y en algunos laboratorios sea
diferente. Pero todos los científicos que conozco tienen la
posibilidad de entrar y salir del trabajo cuando quieran. Nuestro
trabajo se mide por parámetros diferentes a los de, por ejemplo,
un oficinista. Lo que cuenta es el resultado obtenido. Si tardamos
una semana en obtener un resultado, nadie se fija en si hicimos el
trabajo un poco cada día o todo junto en la última media hora.
Sería muy difícil medir nuestro trabajo por la cantidad de horas
que pasamos en el laboratorio o frente a la computadora. Casi
siempre se trata de pensar mucho y en eso cada uno tiene su
forma. Hay quien sale a dar un paseo por los pasillos, o se
queda con la vista fija en la pantalla, o charla con un colega
para tener otro punto de vista. Y entonces, como por arte de
magia, aparece la idea que hacía falta. Hay quienes piensan
mejor de mañana (como quien escribe) y quienes esperan a que
todo el mundo se vaya a casa a la noche para comenzar a
trabajar. Hay incluso quienes prefieren llegar al trabajo
casi de madrugada, 4 horas antes que los demás, porque
la soledad les permite trabajar mucho mejor.
Los logros de los científicos se miden, nos guste o no,
por los artículos que publicamos. Es decir, la presión por
hacer cosas nuevas viene más de los otros grupos que
compiten con nosotros investigando en el mismo tema que
de nuestros jefes. La competencia a veces es en sentido
figurado y otras no tanto, dependiendo del tema en el que
se investigue. Y ya que hablamos de los jefes, ahí encontré
la otra diferencia entre nuestro trabajo y el de la mayoría.
La relación con nuestros jefes. Al principio los jefes son,
por supuesto, nuestros directores de tesis. Luego los
jefes de cada grupo. Hay excepciones (y conozco varias), pero
en general la relación entre un científico y su jefe es
muy buena. Por empezar tenemos un trato casi de iguales,
donde no se nota la diferencia de rango. El respeto se da
por un reconocimiento a la experiencia y el conocimiento,
no por una imposición circunstancial. Podrán decirme que
la mía es una opinión subjetiva y que tuve mucha suerte
con mis jefes hasta ahora. Puede ser, pero conozco varios
casos como el mío. Y, habiendo trabajado fuera del ámbito
académico varias veces, pude ver las diferencias que se
dan entre nuestro trabajo y los demás.
Desde mi punto de vista esta forma de trabajar tiene
ventajas sobre la forma tradicional. Sé que, por ejemplo,
un sistema similar era común dentro de las empresas
".com", donde jefes y empleados estaban casi en un
punto de igualdad, donde se utilizaban horarios flexibles
y los empleados estaban autorizados incluso a jugar
con videojuegos, si eso les servía para distraerse unos
minutos y luego rendir mejor. Quizás estas empresas, el
90 % de las cuales han quebrado, no sean el mejor ejemplo.
Sin embargo, creo que todos sabemos que la causa de su
extinción casi total no fue el modelo de trabajo que usaban.
Lo más importante, desde mi humilde punto de vista, es
sentirse a gusto con lo que uno hace. Y, para los jefes,
pensar en ganarse el respeto quienes trabajan bajo sus
órdenes. Pensar en imponer su autoridad solamente utilizando
el temor de sus empleados es un arma de doble filo, que tarde o
temprano se les volverá en contra.
Deseando que cada uno que lee esto esté trabajando en lo
que ama, los dejo hasta la próxima.